Conociendo nuestra propia melodíala práctica docente…
Trabajo docente, perspectiva de género y educación – Afinando la memoria y Conociendo mi propia melodía
Para iniciar este recorrido, recuperé de un viejo cajón mi boletín de tercer año y una fotografía de mi grupo escolar frente al mástil del patio. Esos objetos no solo trajeron fechas, sino el eco de una «melodía» que comenzó a sonar hace años y que hoy, como docente, reconozco como propia.
La autoridad y la «maestra ejemplar» Recuerdo con especial nitidez a mi profesora de Literatura, la Sra. Beatriz. Ella encarnaba la imagen de la docente impecable: guardapolvo almidonado, voz pausada y un trato que hoy describiría como maternal. En aquel entonces, su autoridad era indiscutible, pero se basaba en una especie de «entrega total» que iba más allá del aula. Recuerdo que nos pedía que la carpeta estuviera «impecable», porque el orden externo reflejaba el orden del pensamiento. Para mí, ser un buen alumno en su clase consistía en aprender ese «oficio» de corrección y prolijidad, una suerte de conformidad intelectual para obtener su aprobación. Ella era, sin saberlo yo en ese momento, la representación perfecta de la «madre educadora».
La trampa del mérito individual En quinto año, atravesé una situación familiar compleja que afectó mi rendimiento. Al hablar con el preceptor para justificar mis inasistencias, su respuesta fue: «Tenés que poner un poco de voluntad, te falta poco para recibirte, hace un esfuerzo más». En ese momento, acepté ese mensaje: mi permanencia en la escuela dependía exclusivamente de mi «garra» o «actitud» individual. No sentí que la escuela tuviera la responsabilidad institucional de acompañar mi trayectoria; la carga del derecho a educarme se deslizaba hacia mi mérito y esfuerzo propio.
Una escuela de «elegidos» Mi secundaria era un Colegio Nacional tradicional de mi ciudad. El edificio imponente, los bustos de los fundadores y los rituales rígidos nos hacían sentir que pertenecíamos a un «club de privilegiados». Aunque la obligatoriedad ya ganaba terreno, el clima institucional seguía impregnado de esa matriz elitista del siglo XIX, diseñada originalmente para formar a las clases dirigentes y burocráticas del país. Sentíamos que estar allí era un honor que debíamos «ganarnos» día a día, y no necesariamente un derecho garantizado por el Estado.
Resonancias de tu melodía (Análisis teórico)
Al revisitar estas escenas desde mi lugar actual como docente, los textos trabajados en el Eje 1 funcionan como herramientas para desnaturalizar esas huellas y comprender mi propia identidad pedagógica.
El peso de la biografía escolar (Davini) Reconozco en mi práctica actual la potencia de lo que Davini (2015) denomina la «biografía escolar». La autora sostiene que los años que pasamos como alumnos constituyen una socialización previa tan fuerte que los docentes tendemos a repetir de forma implícita los modos de actuación que aprendimos en nuestra propia escolaridad. Al analizar la Escena 1, descubro que muchas veces me encuentro exigiendo prolijidad formal a mis estudiantes, replicando inconscientemente el modelo de la Sra. Beatriz. Este ejercicio me permite entender que esa huella es una marca de mi biografía que debo cuestionar para no caer en un tecnicismo vacío y para poder modelar prácticas más centradas en el pensamiento crítico que en la forma.
El oficio de estudiante y el riesgo de la meritocracia (Rotondi y Martino) Las palabras del preceptor en la Escena 2 cobran un nuevo sentido a la luz del texto de Rotondi y Martino (2020). Las autoras analizan cómo la posición de estudiante a menudo queda en los bordes de un significante que nombra a los jóvenes solo a cambio de méritos y esfuerzos individuales, ocultando las responsabilidades institucionales. Entiendo ahora que apelar exclusivamente a la «voluntad» del sujeto es una trampa meritocratica que descalza las condiciones sociales de las subjetivas. En mi práctica docente hoy, esto me interpela a resituar el esfuerzo: no para desterrarlo, sino para enhebrarlo en proyectos pedagógicos colectivos que sostengan al estudiante como sujeto de derecho, especialmente a aquellos en condiciones de mayor vulnerabilidad.
Género, vocación y autoridad (Morgade) Finalmente, el aporte de Morgade (2009) me permite desarmar la imagen de mi profesora de Literatura. La autora explica que en Argentina la docencia «nace femenina» y se asocia históricamente a lo maternal para justificar salarios bajos y una autoridad bajo tutela. Esa representación de la docente como «segunda madre» por vocación, que tanto me marcó, a menudo ocultaba el carácter profesional y político del trabajo docente. Hoy busco construir una autoridad que, si bien rescate el «cuidado» y el vínculo, lo haga desde una «colegialidad nómade» y una justicia intersubjetiva, reconociendo mi trabajo como una especialización profesional y no como una simple entrega afectiva «natural».
Para continuar el recorrido… A partir de esta reflexión sobre las huellas de mi «yo» estudiante, planteo los siguientes interrogantes para seguir explorando durante el módulo:
- ¿De qué manera puedo desarmar los mandatos de mi propia biografía escolar para no repetir modelos de enseñanza que prioricen la forma sobre el sentido del saber?
- ¿Cómo puedo construir una autoridad docente que ejerza el «cuidado» y el acompañamiento afectivo sin que esto invisibilice la dimensión profesional y política de mi oficio?
- Frente a las ausencias de mis estudiantes, ¿qué discursos y sentidos necesito producir para que el retorno sea habitado como un derecho y no como una carga de «voluntad» individual del joven?
- ¿Cómo impactan las representaciones de género que heredé en las expectativas que deposito sobre mis estudiantes y en la forma en que construyo los vínculos de autoridad en el aula?
