¿Alcanza con saber mucho de lo que enseñamos?
Cuando empecé a dar clases, creía que si dominaba bien mi materia, lo demás venía solo. Con los años y varias aulas encima, aprendí que no es así. Hace poco, en un trabajo grupal de formación docente, nos hicimos una pregunta incómoda: ¿qué le preguntaría nuestra práctica a la Didáctica? Comparto lo que salió.
Saber la disciplina no es lo mismo que saber enseñarla
Daniel Feldman lo dice claro: las disciplinas científicas no se preocupan por cómo sus saberes van a ser comprendidos por quienes no pertenecen a ese campo. Un conocimiento experto no llega solo a un pibe de secundaria. Hay que procesarlo pedagógicamente: seleccionar, secuenciar, traducir, armar una versión que se pueda aprender sin traicionar el contenido.
Ahí aparece el valor de la Didáctica. Como plantea Alicia Camilloni, si todas las formas de enseñar fueran igual de eficaces, o si los estudiantes aprendieran solos, no haría falta. Pero hace falta, y mucho, sobre todo en aulas heterogéneas donde el derecho a aprender no se cumple por decreto.
No hay recetas, hay criterio
Enseñamos dentro de un sistema masivo, con tiempos escolares, regímenes de convivencia y condiciones de trabajo que no elegimos. Y con grupos donde cada estudiante aprende distinto.
La Didáctica no nos da fórmulas. Nos da alternativas: modelos y enfoques de enseñanza que sirven para distintos propósitos. A veces conviene la instrucción directa, otras el entrenamiento, otras el diálogo socrático (Perkins). Lo que decide es la tarea y el grupo, y ahí entra el criterio de deliberación profesional.
Otra idea que me quedó: la enseñanza no produce aprendizaje de manera directa. Lo que hacemos es crear condiciones para que el estudiante haga su parte, lo que Fenstermacher llama el «estudiantar».
Evaluar y ordenar la clase también es enseñar
En la escuela secundaria, la evaluación suele vivirse como un castigo. Desde la Didáctica se la entiende distinto: es parte del proceso de enseñanza. La evaluación formativa le da información al docente para ajustar su ayuda y le permite al estudiante tomar conciencia de sus avances y dificultades (Anijovich y Cappelletti).
Lo mismo pasa con la gestión de la clase. No se trata de imponer orden por autoridad, sino de construir un ambiente previsible, que cuide la vida grupal, aproveche el tiempo y mantenga a todos pensando.
Tres dimensiones del saber didáctico
Siguiendo a Camilloni y Feldman, la Didáctica se configura en tres planos:
- Explicativo: nos da marcos para entender la complejidad de enseñar en sistemas masivos.
- Descriptivo: nos ayuda a ver y caracterizar lo que realmente pasa en la clase.
- Propositivo: ofrece criterios y estrategias para orientar la acción y mejorar la enseñanza.
Cerramos!
La Didáctica no es un manual de recetas ni una teoría lejana. Es un saber que acompaña y potencia nuestro trabajo, y que nos da herramientas para fundamentar lo que decidimos en el aula. Porque al final, enseñar también es una responsabilidad ética y política: lograr que todos los jóvenes puedan aprender en aulas realmente inclusivas y democráticas.
¿Y vos? ¿Qué le preguntaría tu práctica a la Didáctica? Te leo en los comentarios.
